Sarmiento, espejo de un modelo virtuoso que debe proyectarse al futuro
A 138 años de su muerte, el legado de Domingo Faustino Sarmiento vuelve a poner en el centro del debate el papel de la educación como herramienta de inclusión, desarrollo económico, movilidad social y fortalecimiento de la democracia. El Prof. Bernardo R. Villalba plantea la necesidad de actualizar aquel proyecto frente a los desafíos de la revolución digital y la inteligencia artificial.

Viernes 11 de setiembre de 2026
|
|
Prof. Bernardo R. Villalba
Al recordar un nuevo aniversario de su muerte, un 11 de septiembre de 1888 en Asunción (Paraguay), la figura y el legado de Domingo Faustino Sarmiento como educador y estadista se levantan como una referencia ineludible de un modelo de construcción institucional, integración social y desarrollo económico del país.
Como Presidente de la Nación impulsó la realización del primer Censo Nacional de Población y Vivienda, instrumento fundamental que arrojó cifras que, tras su análisis, decidió a Sarmiento a definir una política de Estado que consideraba clave para salir del atraso de nuestra nación.
El Censo, realizado entre el 15 y el 17 de septiembre de 1869, arrojó que nuestro territorio era habitado por 1.877.490 personas: una enorme geografía prácticamente despoblada, con menos de un habitante cada dos kilómetros cuadrados.
Sobre 413.465 niños en edad escolar, sólo estudiaban 82.671, por lo que más de 300 mil chicos no tenían acceso a la enseñanza. Con estos datos, el gran educador definió el rumbo y las decisiones que debía tomar para cambiar de raíz el destino del país.
Reunió a su gabinete y anunció: “Señores ministros, ante los primeros datos del censo, voy a proclamar mi primera política de estado para un siglo: Escuelas, escuelas, escuelas”, cuya creación se constituyó en pilar de su acción de gobierno.
Educación y alfabetización como herramientas fundamentales para el progreso de la nación.
Sarmiento consideraba que la educación era el arma más poderosa para combatir la ignorancia y la pobreza y para construir una sociedad más justa y equitativa; la alfabetización, a su vez, constituía el primer paso hacia la emancipación intelectual y el desarrollo de las capacidades individuales.
La educación era, para Sarmiento, el motor del progreso social y económico de un país y, a través de la educación, se podía formar ciudadanos críticos, responsables y capaces de participar activamente en la vida política y social. En ese marco conceptual, la escuela es un espacio de igualdad; en su carácter de pública, laica y gratuita para todos, sin distinción de clases, permitirá que todos tuvieran las mismas oportunidades de aprender y desarrollarse. Allí, la alfabetización es la base de toda educación: un pueblo alfabetizado es más libre y autónomo, capaz de acceder a la información y de tomar decisiones fundamentadas. La frase sarmientina “Educar al Soberano” resume su pensamiento, su pasión y su compromiso con la causa de la educación popular. El Estado tiene la responsabilidad de educar al pueblo para que sea libre. Un pueblo soberano es un pueblo que conoce sus derechos y asume sus responsabilidades con sentido de justicia colectiva. En una sociedad democrática, el pueblo es el verdadero soberano y necesita educación para ejercer sus derechos con conciencia. Un pueblo sin educación no puede elegir bien a sus gobernantes ni participar de forma libre en la sociedad. La educación pues, en el ideario sarmientino, transmitida en las escuelas como espacio de convivencia plural e inclusiva, es la formidable, imprescindible e insustituible herramienta para lograr el desarrollo del país. La educación como camino a la inclusión.
Para sostener ese formidable proyecto educativo, político y civilizador, Sarmiento propició la fundación de Escuelas Normales formadoras de docentes para lo cual se empeñó y logró importar más de 60 maestras de los Estados Unidos, complementadas con la creación de observatorios, bibliotecas e institutos educativos. Sólo en los seis años de su mandato presidencial, de 1868 a 1874, se crearon 800 escuelas, que pasaron de recibir 30.000 alumnos a tener casi 100.000. La ley de Educación 1420, que estableció la Educación pública, obligatoria, gratuita y laica en el país –aprobada en 1884 bajo la presidencia de Julio A. Roca– tuvo en Sarmiento a su principal impulsor. En apenas medio siglo, la Argentina pasó de ser una sociedad mayoritariamente analfabeta a ubicarse entre los países con mayores niveles de alfabetización fuera del mundo anglosajón. La educación se convirtió en uno de los pilares del crecimiento económico, de la movilidad social y de la consolidación de una amplia clase media que distinguiría al país durante gran parte del siglo XX. Más de 150 años después, la Argentina enfrenta un desafío diferente pero de una magnitud comparable. Vivimos en una época en la que el conocimiento se ha convertido en el principal factor de creación de riqueza, donde la capacidad de la sociedad para generar innovación y adaptación tecnológica son determinantes para su desarrollo. La revolución digital y ahora la inteligencia artificial han modificado radicalmente la manera en que producimos, aprendemos, trabajamos y nos relacionamos. En este escenario, una parte significativa de nuestra población carece de las competencias necesarias para desenvolverse en este nuevo entorno. La falta de capacidades digitales y cognitivas expresa una nueva forma de exclusión. Existe una nueva marginalidad: la marginalidad digital. Podemos agregar, para profundizar el grave diagnóstico, las cifras inquietantes y dramáticas que revelan los resultados de las pruebas PISA y otras evaluaciones de los niveles de aprendizaje que muestran déficits notorios para la resolución de problemas y dificultades para la escritura y comprensión lectora, consecuencia, entre otros factores, de lineamientos basados en el “populismo pedagógico” que eliminó la repitencia y promovió la promoción automática, con trayectorias escolares inexistentes y abandono encubierto, despreciando los valores del mérito con sustento en el talento, el esfuerzo y la disciplina. Se evidencia una creciente dificultad para adaptar los contenidos, las metodologías y las estructuras educativas a la demanda de una economía basada en el conocimiento. Además, se visualiza una realidad muy heterogénea y existen marcadas y profundas diferencias entre regiones, niveles socioeconómicos, infraestructura y contextos institucionales que generan experiencias educativas muy diferentes y oportunidades marcadamente desiguales.
La educación como motor del progreso
“Educar al soberano”

Un proyecto educativo que transformó al país
El desafío educativo en la era digital
